Por Ian Henríquez Herrera

Doctor en Derecho y Magíster en Investigación Jurídica (Universidad de los Andes), Magíster en Derecho Privado y Licenciado en Derecho (Universidad de Chile). Profesor de Derecho Civil en la Universidad Finis Terrae. Ejerce libremente la profesión en materias civiles, comerciales, laborales y regulatorias. ihenriquez@ianhenriquez.cl.

 

Con fecha 1º de marzo de 2019, la Primera Sala (Civil) de la Corte Suprema, conociendo de un recurso de casación en el fondo, tuvo ocasión de pronunciarse sobre un punto especialmente discutido y problemático en la doctrina civil nacional de los últimos años, cual es el referido a la transmisibilidad de la acción de reparación del daño moral. Este fallo es importante, porque en cierto modo consolida una opinión jurisprudencial que ya se había sostenido en sede laboral, por vía de un recurso de unificación de jurisprudencia (Rol Nº 33.990-2016, de 27 de septiembre de 2016). Además, cabe considerar que la respectiva sala de la Corte Suprema estuvo integrada en esta ocasión por el profesor Daniel Peñailillo, de reconocida autoridad.

Facti Specie

Los hechos del caso son los siguientes: una mujer ingresó, en compañía de un tercero, como huésped o pasajera a un hotel de la ciudad de Viña del Mar. Almorzó, bebió alcohol, y se bañó en la piscina del recinto, lugar en el que lamentablemente se ahogó, pero sin alcanzar a fallecer, puesto que fue rescatada por un garzón. La condujeron de urgencia a un hospital, y pese a los intentos médicos por salvarla, cinco días después tuvo lugar su deceso.

Iter procesal

Una hija de la causante demandó en sede civil indemnización de perjuicios por responsabilidad contractual, incluyendo entre las pretensiones el daño moral padecido por la causante. La sentencia de primera instancia rechazó la demanda, básicamente por no haberse acreditado culpa de la demandada y por no ser transmisible la acción de reparación del daño moral. Apelado el fallo, la Corte de Valparaíso revocó la sentencia, acogiendo parcialmente la acción, y en lo que al punto importa, aceptando la transmisibilidad en cuestión. Ambas partes recurrieron de casación en el fondo, una por la aceptación parcial de las pretensiones, otra, por lo exiguo de las indemnizaciones. La Corte Suprema rechazó ambos recursos, y con ocasión de ello explicitó la recepción de la tesis de la transmisibilidad limitada del derecho a indemnización del daño moral.

 

Los argumentos de la Corte Suprema

El razonamiento de la Corte Suprema quedó expresado principalmente en los considerandos cuarto, quinto y sexto:

“CUARTO: Que para fundar la vulneración del Art. 1698 del C.C. la actora recurrente arguye que satisfizo la carga procesal de acreditar la falta a la obligación de seguridad y consiguiente deber de resarcimiento que afecta a la demandada y, en especial, indemnizar el daño moral sufrido por la víctima fallecida, no obstante lo cual, a la hora de concretar el mérito de la prueba producida, en particular la testimonial rendida sobre ese detrimento, el tribunal fuera de toda prudencia hace una estimación de perjuicios arbitraria e ilegal por el exiguo monto de esa indemnización, incurriendo, al proceder de ese modo, en una falsa aplicación de la norma.

Precedentemente el recurrente, en el apartado “Infracción a las leyes reguladoras de la prueba”, hace ver que el fallo recurrido, en su Considerando 14°, analiza la prueba relevante para acreditar el daño moral, en particular testimonios y documentos como pericia médica de fojas 148 y protocolo de autopsia de fojas 249 sobre el estado que presentaba doña Jacqueline Cárcamo Ceballos, luego de hospitalizada, y conservando las huellas que dejaron en su cuerpo las maniobras de reanimación así como los procedimientos de intubación y desfibrilación.

QUINTO: Que apreciadas esas circunstancias y bajo un concepto de transmisibilidad limitada del derecho a indemnización del daño moral acreditado, que habría nacido para la víctima por haberlo verdaderamente experimentado, la sentencia recurrida, revocando la de primer grado, accedió a indemnización a la heredera demandante del daño moral establecido, regulándolo en el monto que los jueces estimaron proporcionado al daño que pudo sentir y sufrir la víctima, atendida la naturaleza de la acción de responsabilidad contractual interpuesta por la sucesora de la contratante huésped en contra la entidad hotelera que incumplió la obligación de seguridad envuelta en todo contrato que de algún modo pueda afectar la integridad física o psíquica del otro contratante. Solo pudo, entonces, reclamar la reparación del daño personal que compete a quien lo ha efectivamente sufrido y en la medida que lo experimentara o su sucesión, ejerciendo ésta una acción de que es continuadora como derecho patrimonial trasmisible (pues alcanzó a nacer para la víctima directa) en virtud del principio de continuidad del artículo 1097 del Código Civil. En consecuencia los causahabientes, al accionar en tal calidad, no pueden comprender como daño moral trasmisible la muerte de la causante conforme al principio que la muerte no es un daño para quien lo sufre, aunque pueda serlo en carácter de daño personal para otras personas ligadas patrimonial o afectivamente al fallecido. Como escribe el profesor Barros, “En el derecho contemporáneo prevalece la idea de que por mucho que la vida sea el más valioso de los bienes, de ello no se sigue que sea per se objeto de reparación a título hereditario” (Barros B., Enrique. Tratado de Responsabilidad Extracontractual, N° 742, página 944). Diversa podría, quizás, haber sido la cuantificación de daños reflejos sufridos por otras personas como daño personal suyo, extra contrato, con antecedente en el mismo daño corporal y muerte de la víctima inmediata, terceros dañados por repercusión y con derecho a resarcimiento por aplicación extensiva del principio que fluye del artículo 2315 del Código Civil.

SEXTO: Que lo relativo a la valoración del daño y especialmente del daño moral no es objeto de regulación normativa y por tanto, no es concebible una estricta infracción de ley por discrepancia con la efectuada. Por otra parte el examen de lo resuelto demuestra que los sentenciadores, adhiriendo al criterio de transmisibilidad del daño moral en caso de muerte subsecuente de la víctima directa, aplicaron correctamente el objeto de esa trasmisión, refiriéndolo sólo a la indemnización del daño o quebranto moral que alcanzó a experimentar o sufrir la víctima directa doña Jacqueline Cárcamo Ceballos antes de su fallecimiento y con algún grado de conciencia de ese detrimento, lo que probablemente aconteció al experimentar la impotencia y angustia de hundirse en la piscina y percibir el inicio de un proceso de asfixia hasta perder la conciencia. Y, posteriormente quizás, durante los procedimientos y tratamientos, inevitablemente invasivos, para reanimarla, pues es un hecho del proceso que doña Jacqueline Cárcamo Ceballos permaneció mayormente inconsciente y sedada, como lo expresa el Considerando 14° letra e). Igual convicción connota el Considerando 11°, in fine, al precisar “sin perjuicio de lo cual ha asentarse que la transmisibilidad no alcanza a los daños morales coetáneos y consecuenciales a la muerte del afectado, porque ninguna acción puede adherirse a un patrimonio ya extinguido”.

En conclusión, la cuantificación del crédito por daño moral sufrido precisamente por la difunta y cuyo cobro ha podido trasmitirse a la heredera demandante, es una cuestión de hecho entregada a la sola valoración de los jueces del fondo que esta Corte no puede modificar por no existir infracción de ley ni error de derecho”.

Análisis y comentario

Partamos por lo obvio: esta sentencia tiene importancia, por cuanto reitera, ahora en sede civil, el cambio jurisprudencial que se había verificado el año 2016 en sede laboral. Por consiguiente, a la pregunta sobre cuál es el estado de la cuestión en la jurisprudencia sobre la transmisibilidad del daño moral, la respuesta habría de ser: la jurisprudencia reciente la viene admitiendo.

Por otro lado, cabe señalar que un sector importante de la civilística nacional contemporánea más autorizada, se ha ido unificando en el sentido contrario al de la jurisprudencia, esto es, en torno a inadmitir la tesis de la transmisibilidad[1].

Una segunda constatación: la sentencia no provee muchas razones para la tesis de la transmisibilidad. Más bien tan sólo la toma como premisa, y discute sus alcances, al punto de sostener la “transmisibilidad limitada”. Por consiguiente, parece ineficaz para proveer una verdadera ratio decidendi sobre casos futuros. Dicho de otro modo, el fallo en cuestión no resulta especialmente útil para avanzar en la discusión sobre la razonabilidad, o falta de ella, de la transmisión de la acción por reparación del daño moral a los herederos.

Una tercera constatación: el argumento basal de la transmisibilidad limitada sería el siguiente: el padecimiento de la víctima antes de fallecer, originaría una acción a favor del causante, acción que se transmitiría a sus herederos, quienes, por consiguiente, estarían legitimados para ejercerla:

“Solo pudo, entonces, reclamar la reparación del daño personal que compete a quien lo ha efectivamente sufrido y en la medida que lo experimentara o su sucesión, ejerciendo ésta una acción de que es continuadora como derecho patrimonial trasmisible (pues alcanzó a nacer para la víctima directa) en virtud del principio de continuidad del artículo 1097 del Código Civil”.

Ese argumento me parece incorrecto, puesto que no atendería del modo debido a la naturaleza de la acción, en un doble sentido. El primero de ellos, es que se ha ido instalando de manera progresiva la errónea idea de equiparar indemnización o reparación civil con retribución pecuniaria. A estas alturas, para muchos, utilizar el término “indemnización” equivale así sin más a pago de una suma de dinero. Es lo que podríamos llamar la crematística indemnizatoria. Ella olvida el sentido primero y el objetivo de la acción: dejar indemne a la víctima; y es evidente que en estos casos tal no ocurre ni puede ocurrir. El segundo, es que parece olvidarse que la acción de reparación, en la situación que analizamos, lo es de un daño extrapatrimonial, es decir, y por obvio que sea, aquello que por definición no tiene un carácter patrimonial. Esta objeción, que ya la ha explicitado el profesor Ramón Domínguez Águila, es fuerte, y no se vislumbran argumentos serios ni persuasivos que la desvirtúen. La mera invocación del principio de continuidad sucesoria no es suficiente para ello.


[1] Corral, Hernán, Lecciones de responsabilidad civil extracontractual, Thomson Reuters, 2013, pp. 357-358; Barros, Enrique, Tratado de responsabilidad extracontractual, Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 2010, Nª 743, p. 947; Domínguez Águila, Ramón, “Sobre la transmisibilidad de la acción por daño moral”, Revista Chilena de Derecho, vol. 31, Nª 3, pp. 493 a 514).