Hans Guthrie Solís, Abogado, Licenciado en Ciencias Jurídicas por la Universidad Arturo Prat, Magíster en Derecho de la Empresa mención en Derecho Tributario por la Universidad del Desarrollo, Máster en Derecho, Empresa y Justicia por la Universidad de Valencia. Profesor de Derecho Económico de la Universidad Arturo Prat.


A principio de los 2000 el mercado tecnológico observó cómo los reproductores portátiles de CD’s eran desplazados abruptamente por aparatos mp3, los que mostrando una mayor capacidad y una gestión de almacenamiento notablemente superior, rápidamente se convirtieron en los reproductores favoritos. Algo similar ya había sucedido con los vinilos y luego con los casettes, sin embargo, el reinado de éstos últimos gozó de buena salud por más de dos décadas. Lo que poco se recuerda es que en el camino surgieron otros artefactos, que si bien pretendieron ser iconos de la tecnología portátil no duraron más que un abrir y cerrar de ojos. Acá por ejemplo encontraríamos a los minidisc, a los reproductores de video mp4 e incluso a los discman mp3, entre otros que simplemente se esfumaron ante el avasallador paso de la tecnología.

Los reproductores mp3 hicieron tambalear a los equipos dominadores, pero también a los nuevos aparatos que se creían auspiciosos. Esta vorágine puede ser catalogada por algunos como injusta o incluso desleal, es el caso de los productores que vieron desvanecerse a sus inversiones y de los consumidores que observaron cómo sus flamantes adquisiciones quedaron rápidamente sin soporte. Sin embargo, descontando a los frustrados adquirentes de esos fugaces productos, los más beneficiados con los avances tecnológicos siempre son los innumerables consumidores que obtienen productos superiores a un mejor precio, y que en un mercado homogenizado encuentran múltiples opciones para escoger.

Efectivamente, la reducción de costes en un modelo de intercambio posee la aptitud suficiente para desplazar la balanza hacia los oferentes que representan la opción más beneficiosa. Esto sucedió entre la conversión mp3 y los discos compactos, y con aquellos otros gadgets que disfrutaron de una vida efímera. La alteración en la decisión de consumo es la justa consecuencia de presentar a los consumidores una evidente disminución de costos, regla básica en materia mercantil. Pues bien, hoy podríamos estar en los albores de una revolución similar, el surgimiento de una tecnología que según sus defensores podría hacer tambalear a varios dominadores de mercado, dado justamente la disminución de costos. Me refiero al desarrollo de la cadena de bloques o blockchain.

Esta arquitectura digital surge con ocasión de la criptomoneda Bitcoin, siendo la tecnología subyacente encargada de otorgar seguridad y fiabilidad a cada una de las transacciones de la moneda virtual. Con todo, la gran versatilidad demostrada por la cadena de bloques ha extendido su usabilidad hacia un sinnúmero de áreas, proyectándose un impacto tan elevado como lo fue el de la propia Internet. En términos generales blockchain es un sistema descentralizado y público (aunque podría ser privado) de información, que elimina la dependencia de un tercero de confianza que gestione o respalde las transacciones. En él existe una red de nodos (computadores) conectados de manera descentralizada y en tiempo real, por lo que el registro de las transacciones que se van ejecutando queda respaldado por el consenso de la red y no por un ente central. Como se dijo, su principal virtud es una drástica reducción de costes al suprimirse la dependencia de terceros de confianza, o en otras palabras, la desintermediación. Esta virtud es justamente la que alimenta la capacidad de desbancar a algunos dominadores de mercado.

En efecto, este «libro de contabilidad» -cómo suele conceptualizarse- posee la potencia suficiente para desplazar (o a lo menos exigir un replanteamiento) a la gran mayoría de modelos de negocios en los que exista un tercero que centralice transacciones, como sería por ejemplo el caso de los bancos. Pero, tal como ocurrió con el mp3, no tan sólo podría afectar a agentes económicos tradicionales y establecidos, sino que también podría afectar a las nuevas plataformas tecnológicas y las de la Economía Colaborativa, muchas de ellas con altas valorizaciones financieras, con tan solo algunos años de esplendor y cuyas regulaciones recién comienzan a implementarse por los Estados.

Recordemos que estas plataformas operan generalmente bajo una lógica triangular en la que existe un tercero que centraliza la conexión entre oferentes y demandantes imponiendo costes a sus usuarios. Empresas como Uber, Cabify, Airbnb, marketplaces como eBay, servicios de pagos en línea, incluso las redes sociales podrían verse superadas por sistemas en que la confianza esté puesta directamente en el par. La cadena de bloques permite la conexión directa entre usuarios, suprimiendo al tercero intermediario. Además, su particular funcionamiento otorga seguridad y respaldo a la transacción a través de una serie de procesos y herramientas criptográficas, claves públicas y privadas, pruebas de trabajo, algoritmos y técnicas del hash, y varias otras operaciones que le otorgan solidez. Claro, es una tecnología aún incipiente, pero que día a día va mejorando su posición, augurándose un próspero futuro.

Dado que este sistema se sustenta en la confianza, el desafío para los Estados está en generar regulaciones que otorguen protección a los datos que van alimentando la cadena. Se requiere un fortalecimiento y respaldo a los mecanismos de firma e identidad digital que permitan unificar la información de las personas que intervengan en blockchain, además de un marco regulatorio especial que recaiga sobre los sistemas reputacionales, específicamente en cuanto a su veracidad. Para esto la colaboración/corregulación con los privados es clave.

Blockchain es bastión de un imparable cambio de paradigma, un nuevo modelo económico basado en la colaboración, parte del procomún colaborativo de J. Rifkin, el internet de las cosas y muchos otros avances en que la descentralización es la arquitectura central. Difícilmente caerán los bancos, pero la blockchain les hará competir, reducir costes y eliminar barreras de acceso a los servicios financieros. Pero tal vez lo más interesante sea el eventual impacto a las plataformas digitales (las que ni siquiera han recibido una regulación clara en nuestro ordenamiento). No vaya a ser que los grandes «unicornios» de las Economías Colaborativas y plataformas digitales se conviertan en los próximos minidisc.

En cualquier caso los beneficiados serán los consumidores y usuarios. La tarea compleja es para bancos y plataformas, ya que en general siempre lo será para quien compita contra el costo marginal cero.