Ian  Henríquez  Herrera
Profesor de Derecho Civil
Pontificia Universidad Católica de Chile

 

En Los hermanos Karamazov, Dostoievski nos muestra cómo a partir de una impecable argumentación, apoyada en los más avanzados conocimientos científicos de la época, se puede llegar a una decisión manifiestamente inicua. El razonamiento coherente y el solo saber especulativo nada garantizan sobre la justicia de una decisión. Tampoco lo hace la mera correspondencia con los textos normativos vigentes en una determinada comunidad jurídico-política —y quizá ya no Dostoievski, sino Orwell sea quien haya representado de mejor manera este punto—. Este ha sido un valladar insalvable para el positivismo jurídico y la filosofía analítica: coherencia, reiteración, publicidad, comunicabilidad, argumentación, y un largo etcétera han sido insuficientes para fundar la corrección de un fallo; análisis lingüísticos, contextuales, procedimentales, no han logrado sino malos remedos o fallidos sustitutos del acierto judicial[1].

Cuando el Quijote aconseja a Sancho sobre el modo de mejor gobernar la ínsula Barataria, no lo hace sobre la base del aprendizaje de un sistema general y conceptual, ni sobre la base de teorías o doctrinas abstrusas reservadas sólo para eruditos o iniciados. Las tres columnas de la quijotesca enseñanza son la virtud, la recta intención y el sentido común[2]. Quítenle a un juez cualquiera de las tres, y no habrá conocimiento abstracto alguno que lo libre de una mala decisión. Claro está, podrá tratarse de una decisión versada, interesante, culta, incluso elegante, pero ajena a la justicia exigida en el caso particular. «¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?», pregunta Eliot en el primer coro de la roca. ¿En qué momento transformamos el arte del derecho en una clase de gramática o filología, obsesionada por los textos legales?, ¿En qué momento el derecho objetivo, de ser la cosa justa pasó a significar la norma? ¿En qué momento el derecho se ancló en el cepo de un sistema? Porque al final del día, nuestro arte no es sistemático, sino aporético, puesto que es el arte del caso:

“Es conocimiento jurídico por antonomasia aquel que informa la decisión de una contienda específica entre partes. Que tal sea el sentido primario de nuestra scientia, saber de lo justo en una causa particular, tiene consecuencia porque lo más importante que hacemos en ejercicio del hermoso arte del derecho es con miras a la decisión de un conflicto actual o potencial”[3].

En esa perspectiva, ya no la analítica, sino otra tradición jurídica está en mucho mejor pie para darnos luces sobre la corrección o incorrección, justicia o injusticia de una decisión específica:

“La centralidad del juicio, núcleo de lo jurídico, está en la filosofía ética de Aristóteles, en la jurisprudencia romana, en Tomás de Aquino, en los teólogos juristas españoles del Siglo de Oro y, hasta nuestros días, en pensadores como M. Villey y G. Kalinowski. Pero, más que todo, ha estado y está en la experiencia de quienes practican el arte jurídico”[4].

La revaloración del silogismo práctico e incluso del conocimiento por connaturalidad provee de un bagaje conceptual que explica de mejor modo lo que hacemos al lidiar con el caso en concreto[5]; y por ello, es preferible un juez con auctoritas que uno con solo potestas.

Frederick Schauer se ha preguntado cómo pensamos los abogados[6], y no parece difícil conceder que el razonamiento judicial es la expresión más característica de aquello que solemos llamar, aun genéricamente, «razonamiento jurídico». Y la sentencia es aquella obra —a veces de orfebre, a veces de herrero—, en que se plasma dicho razonamiento. No conocer lo que dicen los fallos, esto es tanto lo decidido como las razones —o sinrazones— de ello, es entonces no conocer cómo pensamos. Y si el pensamiento es el diálogo del alma consigo misma, según la bella metáfora platónica, no saber cómo pensamos es de algún modo ignorar algo valioso sobre nosotros mismos. Y la ignorancia nos difumina y tal vez nos desvanece, como al gato de Cheshire.

Por cierto, hay interés práctico en conocer el estado actual de la jurisprudencia. Incluso, puede haberlo pragmático o hasta utilitario. Pero hay también otros intereses: requerimos dialogar sobre cómo estamos ejerciendo el oficio, y el comentario crítico de la jurisprudencia es un género privilegiado para ello. Hay que echar las ideas al ruedo.


[1] La cuestión sobre la verdad o falsedad de los juicios morales y jurídicos ha sido objeto de una abundante literatura, que en sede analítica ha sido incapaz de ser zanjada. Manuel Atienza, en su Curso de argumentación jurídica, Trotta, Madrid, 2013, provee de una muy completa revisión bibliográfica.

[2] Este último aspecto —el sentido común— es objeto de un agudo estudio en Lonergan, Bernard, Insight. Estudios sobre la comprensión humana, Sígueme, Salamanca, 1999.

[3] Streeter, Jorge, “Ciencia del derecho”, en Estudios Públicos, 86 (otoño 2002), p. 285.

[4] Streeter, Jorge, “Ciencia del derecho”, en Estudios Públicos, 86 (otoño 2002), p. 292.

[5] Inter alia, véase: Nikolaevich, Alexander, Conscience and love in making judicial decisions, Kluwer Academic Publishers, Dordrech/Boston/London, 2001; Elton, María, Lógica, vida afectiva y verdad práctica según Georges Kalinowski, Universidad de los Andes, Santiago, 1997; Belley, Pierre-Antoine, Connaître par le coeur, Pierre Téqui éditeur, Paris, 2003; Caldera, Rafael-Tomás, Le jugement par inclination chez Saint Thomas D’Aquin, Libraire Philosophique J. Vrin, 1980; Buzeta, Sebastián, Sobre el conocimiento por connnaturalidad, Cuadernos de Anuario Filosófico, serie universitaria, N° 250; Maritain, Jacques, “Sobre el conocimiento por connaturalidad” (ensayo leído en la conferencia de la Society of Metaphysics of America, el 24 de febrero de 1951), disponible en www.jacquesmaritain.com; Rivera, Jorge, “El conocimiento por connaturalidad en Santo Tomás de Aquino”, en Philosophica, 2-3, 87-89, 1979-1980, pp. 87 a 99; Pero-Sanz Elorz, José Miguel, El conocimiento por connaturalidad, Universidad de Navarra, Pamplona, 1964.

[6] Schauer, Frederick, Pensar como un abogado. Una nueva introducción al razonamiento jurídico, Marcial Poins, Madrid, 2013.